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Las manos sobre la
tierra. Ed. Amargord. 2006 |
Más allá de las
tradiciones poéticas de las que el autor se nutre (William
Blake, John Milton, Rainer María Rilke, Lautréamont
o Juan Eduardo Cirlot) encontramos también en este libro influencias
tanto del cine como de la música. Del primero encontramos el
gusto por el barrido, el montaje como método de composición
y obsesión dialéctica entre el primer plano y el fondo
del cuadro en cada verso. Y en cuanto a la influencia de la música
el autor se vale de la improvisación y de la diversidad de
texturas rítmicas a partir de un motivo central, propio del
jazz.
Víctor Muñoz propone con Las manos sobre la tierra un
libro inusual en el panorama de la nueva poesía española,
tan complaciente con modas y capillas amparadas en los premios literarios
oficiales. La voz de Muñoz se levanta como un canto sincopado,
cargado de simbolismos y particulares anáforas que denotan
un mundo interior convulso a la vez que sosegado. El poeta se convierte
en un rumiante obsesivo de su propia palabra (“Cantar para nadie
es cantar para todos”), sabe que “todo ángel es
terrible” y más cuando canta: “Conozco los países
que aplauden mis noches/ pero sólo amanezco cuando ríen
mis años/. Cuando ríen mi harapos invento jardines”...
“Un adiós emocionado a mis calles severa/ me convierte
en el amo de los ojos perpetuos. Mi dios ya no danza/ porque la tierra
está muda”. Los poemas de Muñoz se derraman suave
como un canto de otro mundo pero que está en éste, su
profundidad y actualidad radica en la supresión de rasgos de
contemporaneidad, lo cual no significa que el libro no sea tremendamente
actual: “ La música, me dice, ha sido prohibida./ Pero
yo sólo sé cantar./Y cuando lo hago recupero mis años
más tristes./Pero sólo sé cantar”... “Abrir
y cerrar despojos como se bebe el vino pagano./Morir, en mí
es un costumbre”. |
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